Según un índice del FMI, América Latina rezaga a los países desarrollados y a China en su preparación para la adopción de la IA. No solo en infraestructura o capital humano, también en algo más fundamental: la capacidad institucional para regular efectivamente. No se trata solo de redactar leyes, sino de contar con la capacidad técnica para implementarlas, supervisarlas y adaptarlas conforme la tecnología evoluciona.

América Latina, como otros países, enfrenta un trilema que requiere balancear prioridades en tensión. Primero, proteger derechos fundamentales contra algoritmos sesgados en sociedades donde la IA podría amplificar desigualdades existentes en crédito, empleo y servicios públicos. Segundo, fomentar la innovación sin desalentar a PYMEs y startups locales que carecen de los recursos para cumplir con exigencias regulatorias complejas. Tercero, mantener la soberanía sobre datos sensibles sin fragmentar un mercado regional de 650 millones de personas.

El panorama global muestra hoy tres enfoques dominantes, cada uno de ellos con preferencias por uno de los tres vértices del trilema: la UE prioriza la protección; EEUU la innovación; China la soberanía y seguridad nacional. El Reino Unido, por su parte, presenta un modelo atractivo de equilibrio en el centro del trilema, con un enfoque experimental y adaptativo.

El modelo europeo ofrece protección, pero exige recursos institucionales que la región no tiene –tanto que la misma UE acaba de suavizar su enfoque inicial para no asfixiar el desarrollo. El estadounidense precisa de reguladores sectoriales sólidos que muchos países de la región están apenas construyendo. El chino es consistente con una economía centralizada y dictatorial, lejos de la situación de la mayoría de nuestros países. Y el británico, aunque atractivo, demanda capacidades técnicas que llevaría años desarrollar.

Para América Latina, ningún modelo es directamente aplicable. Copiar y pegar puede ser contraproducente.

La ausencia de marcos regulatorios genera incertidumbre y desalienta la inversión responsable. Basta pensar qué habría sido de industrias como la farmacéutica o la aerocomercial, ambas con riesgos catastróficos probabilísticos, si no hubieran existido reguladores que definieran y limitaran su responsabilidad civil y comercial.

Pero adoptar regulaciones sofisticadas sin contar con instituciones capaces de hacerlas cumplir es poner el carro delante del caballo.

El panorama global se polariza rápidamente, América Latina tiene una ventana estrecha—los próximos 18 meses son críticos—para definir su propio enfoque. La región no debería transformarse en un eco regulatorio de Silicon Valley o Bruselas. Y tampoco puede redactar regulaciones aspiracionales que inmediatamente vuelvan innavegable el ecosistema IA local.

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